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La dura historia del boxeador que trabaja como recolector de basura en plena pandemia

Son las cinco de la mañana y Juan Pablo Meza inicia el día en la población La Chimba de Conchalí. Toma desayuno, enciende el auto y parte rumbo a Quilicura. Durante el trayecto, ve las micros repletas y le duele no llevar a los colegas que están en los paraderos, pero le da susto infectarse con el coronavirus. Antes de las seis marca huella y espera por el camión de basura que lo lleva hacia Las Condes.

Meza tiene 28 años y ser recolector es solo una de sus vidas. La otra, la que lo apasiona, es el boxeo. Pero con la pandemia el deporte se ha suspendido, no así el trabajo.
“La basura no puede parar. En Las Condes son alrededor de 30 camiones y cada uno hace 20 toneladas. Imagínate la cantidad de basura que se junta por día. Somos tan importantes como la gente de la salud”, le dice a Emol.
Su historia y su gran miedo
A Meza casi siempre se le ve con una sonrisa cruzándole el rostro y echando la talla. Ese carácter jovial, sin embargo, contrasta con el que mostraba en la adolescencia. Las fauces de la calle estuvieron a punto de devorarlo. De vez en cuando Facebook le recuerda fotos de esos años y varios de esos amigos hoy están muertos o en la cárcel.
“Andaba metido en varios problemas. Delincuencia, drogadicción. Mi vida no tenía otro rumbo que ese, no tenía metas, no tenía sueños. Solo quería ganar un buen robo y vivir bien. Creía que esa era la única forma de salir de mi entorno, porque acá no está el dinero para acceder a estudios. Hice sufrir mucho a mi mamá. Llegaba tarde o de repente ni llegaba. Me agarraba a balazos. No me interesaba nada, andaba en la mía”, relata.
Un día se fue a cortar el pelo y escuchó que alguien hablaba de peleas en un tono muy alto. “Choro” como era, lo fue a encarar. El joven le respondió que era boxeador y que si quería lo llevaba al lugar donde enseñaban. Meza aceptó, pero fue con la idea de “cogotearlo” a la primera de cambio. Llegaron y sin saber nada lo hicieron subirse al ring. Rápidamente le sacaron sangre de la nariz. Mientras se lavaba en el baño, decidió que ese golpe sería su motivación. Quería devolverlo.
El pendenciero desapareció y emergió un deportista de disciplina espartana y muy creyente de Dios. El gimnasio,se transformó en un refugio blindado a los ruidos del exterior. Logró consagrarse en el campo amateur y ya dio el salto al profesionalismo. Con un récord de cuatro peleas ganadas y una sola derrota, está a solo dos combates del título de Chile en la categoría supergallo.
Pese al éxito, nunca ha podido vivir del arte de los puños. Recuerda que fue campeón nacional olímpico con una zapatilla rota y el premio que le dieron fue la ridícula suma de $1.800 pesos. “Un año preparándome y no me alcanzó ni para un jugo. Ni siquiera lo pude girar en el banco porque el monto mínimo son 5 mil”, apunta.
Para sobrevivir, trabaja desde hace más de una década como recolector de basura. Es duro, a veces le duelen las muñecas, las rodillas y siempre anda sacando cuentas. A veces ni en el entrenamiento se puede olvidar de la cuenta de agua o de luz. Actualmente, y por la crisis sanitaria, labura día por medio, aunque tiene “la suerte de que pagan el sueldo completo”.
La empresa ha tomado varias medidas preventivas para evitar contagios, pero él asegura que es imposible no sentir miedo.
“Ellos nos daban mascarillas. Se supone que todos los días, pero se les agotaron y las estamos llevando nosotros. Hay alcohol gel en los camiones, pero es súper complicado, porque estamos en Las Condes, uno de los lugares donde hay mayor contagio. Tengo entendido que el virus en una bolsa de plástico puede durar horas y eso asusta. Si alguien está infectado adentro de la casa, nosotros no sabemos y tomamos la bolsa. Además, al estar trabajando, corriendo, igual te tocas la cara, te acomodas la mascarilla, sudas”, expresa.
El “Cangri”, como lo apodan, se ha salvado de hacer rutas en los últimos días y lo tienen en el área de reciclaje. En esas horas de trabajo piensa mucho en Teresa, su mamá. Ella es diabética, hipertensa y se ahoga si tiene la mascarilla puesta por mucho rato. Le da terror pensar que la puede contagiar. Sin embargo, y como muchos chilenos, no le queda otra que salir todos los días.
“Si no trabajo, no comemos. Mi mamá es jubilada y sigue trabajando haciendo cortinas, pero no es mucho lo que gana. Ahora no puede trabajar, porque obviamente nadie está mandando a hacer cortinas en estos momentos. Entonces, soy yo no más. Supe que querían abrir los malls, que es súper riesgoso, pero no puedo juzgar porque yo no voy a ir a darle plata a fin de mes a la gente que trabaja ahí. Yo creo que nos deberían dar parte de nuestros fondos de las AFP, para que la mayoría nos podamos quedar en nuestras casas”, declara.
Antes de que iniciara la pandemia, Meza se la pasaba corriendo todo el día. Terminaba su turno y se iba a hacer una hora de preparación física al gimnasio Energy. Luego, partía al Club México para pulir su técnica por tres horas. En sus propias palabras, quedaba reventado.
“Yo soy profesional, no puedo parar. Ahora estoy practicando con pelotas de tenis, amarro cuerdas de allá para acá, me compré una trotadora, un saco de boxeo. Hago sentadillas con un balón de gas y bidones de agua purificada. También me hice una escalera de coordinación con huincha aisladora”, comenta.
El boxeador no para hasta las nueve de la noche. Siente que su vida de alguna manera se frenó, pero los sueños de gloria siguen ahí y aguarda con una ardiente paciencia. El que fuese un adolescente pendenciero aspira a tomar el mundo con sus manos.
FUENTE EMOL
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