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Verano en faena: el Hantavirus como riesgo biológico laboral que Chile aún subestima

En Chile, el Hantavirus sigue siendo percibido como un riesgo “rural” y lejano. Sin embargo, desde la mirada de la medicina del trabajo, es un agente biológico ocupacional vigente, silencioso y subestimado. El virus Andes, responsable de los casos nacionales, no distingue contrato, rubro ni experiencia: basta una exposición ambiental para iniciar una enfermedad potencialmente letal.

El reservorio, el ratón de cola larga (Oligoryzomis longicaudatus), elimina el virus por saliva, heces y orina. La principal vía de infección es la inhalación de aerosoles contaminados. También ocurre por contacto de manos contaminadas con mucosas, por contacto estrecho entre personas en etapas precoces de la enfermedad e incluso por leche materna. Es decir, el riesgo no se limita al campo: se extiende a bodegas, faenas, recintos cerrados y actividades recreativas.

El problema es que el inicio clínico engaña. Fiebre, mialgias, cefalea y síntomas gastrointestinales simulan una gripe. El trabajador sigue en faena, el supervisor minimiza el cuadro y se pierde un tiempo precioso. Cuando aparecen los síntomas respiratorios, el síndrome cardiopulmonar por Hantavirus ya puede estar en desarrollo.

Las cifras obligan a tomarse este riesgo en serio. En 2025 se notificaron 44 casos en Chile, con 70% en hombres y una letalidad del 18%. Las tasas más altas se registraron en Aysén (4,6 por 100 mil habitantes) y Los Ríos (2,17). El mayor número de casos ocurrió entre noviembre y marzo. Los principales factores de exposición fueron residencia rural, excursiones, ingreso a recintos cerrados y trabajo agrícola o forestal.

El entorno favorece al reservorio: zonas rurales y periurbanas, florecimiento de quila, abundancia de granos en épocas secas y follaje en estaciones húmedas. El verano, paradójicamente, es la estación más peligrosa. En ese escenario, rubros como agricultura, forestal, turismo outdoor, construcción y control de plagas enfrentan un riesgo ocupacional concreto.

La prevención no es sofisticada, pero sí exige disciplina. Orden, saneamiento, control integrado de plagas, alimentos y residuos en envases cerrados, sellado de accesos y ventilación. Antes de ingresar a un recinto deshabitado: ventilar al menos 60 minutos, limpiar con paño húmedo y desinfectar; nunca barrer ni aspirar. Son medidas simples que aún se incumplen por desconocimiento, exceso de confianza o presión productiva.

Desde la medicina del trabajo se observa que el mayor enemigo no es el virus, sino la normalización del riesgo. Seguimos viendo trabajadores que entran a bodegas cerradas sin ventilar, que manipulan residuos sin protección o que ignoran síntomas iniciales. La prevención no falla por falta de normas, sino por falta de cultura preventiva.

Chile ha avanzado con la notificación obligatoria y la vigilancia epidemiológica. No obstante, el siguiente paso es integrar el Hantavirus de forma explícita en la gestión de riesgos laborales, en las inducciones, en las matrices de riesgo y en la capacitación permanente. Este no es un problema del sur ni del campo: es un riesgo biológico laboral nacional. Prevenir el Hantavirus no es solo evitar una infección. Es proteger vidas, continuidad laboral y dignidad humana. En eso, especialmente en verano, como país, aún tenemos trabajo pendiente.

Dra. Gabriela Moreno Maturana, miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET)

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