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Se retiró, volvió y renunció a su trabajo por un sueño: La historia de la maratonista Nicole Urra que se clasificó al Mundial de Atletismo

“Ha sido una aventura loca”, afirma.

Nicole Urra se estaba preparando para ir a correr el maratón de Berlín, uno de los más importantes del mundo, y ya había pagado la inscripción. Pero ese plan voló por los aires cuando un día le habló José Camps, su entrenador, y le dio una noticia que ella no esperaba.

“Me llama y me dice de la nada: ‘Tranqui, Nico. Si no es Berlín es otro maratón mejor’. Yo en mi mente pensaba ¿qué maratón es mejor que Berlín? Le dije ‘bueno, tú sabrás’. Pasó como un mes. Me llama y me dice: ‘Nico, te tengo que contar algo. Clasificaste al Mundial de Tokio’. Yo estaba parada, me senté en el sillón. Pego el grito del año, empiezo a gritar por toda la casa. Estaban mis suegros y mi pololo presenciando todo ese momento. ‘No te puedo creer, pellízcame’, decía. Mi entrenador me daba las gracias, fue un momento súper emotivo. Él fue la persona que me hizo volver. Yo a veces miro hacia atrás y digo si este amigo me hubiese soltado la mano, yo no estaría acá”, le cuenta a Emol.

La maratonista tiene el pelo teñido de verde oscuro y se lo recoge con un colet para correr. Antes de una competencia le gusta escuchar reguetón, “algo movido”. No mucho tiempo atrás este presente era inimaginable para ella. Estuvo completamente retirada del atletismo. Cuando decidió volver tuvo que compaginar los entrenamientos con su trabajo en un minimarket, una rutina que puso su cuerpo y cabeza al límite.

“Nico” creció en la población O’Higgins de Colina. Recuerda que destacó en voleibol y en ajedrez, pero el deporte que la enganchó desde el primer contacto fue el atletismo. En la empresa en la que trabajaba su padre se organizó una corrida familiar y ella fue y ganó pese a competir con niñas más grandes.

Su padre la comenzó a preparar de manera autodidacta, viendo videos en Youtube. Después, un amigo de la familia que sabía de atletismo la sacó a correr a la calle y conoció a Erika Olivera. Se sumó al club de la histórica deportista.

“Es la atleta que que sigue teniendo el récord nacional en maratón y para mí siempre va a ser una gran referente y una persona súper importante en mi vida. Pasé un proceso súper importante en que yo la veía a ella como mi segunda mamá. Yo con ella entrené siete u ocho años, yo crecí con ella, me fui desarrollando, pasé de mi etapa de niña-adolescente a ser adulta, todo ese proceso lo viví con ella”, comenta.

Al echar a rodar la memoria, recuerda los traslados de Colina a Santiago para entrenar con Olivera, iban al cerro y terminaban la jornada tomando once con pan con mantequilla en la casa de la hoy diputada.

“Cuando clasifiqué a un Panamericano juvenil, ella me acompañó, se pagó el pasaje, costeó sus gastos y eso tiene mucho más valor. Hoy en día es súper difícil que los entrenadores nos acompañen a veces en los campeonatos fuera del país, cuando ella lo hizo para mí significó mucho”, expresa.

El cariño continúa, pero los caminos de ambas fueron por distintos rumbos.

La carrera de “Nico” siguió avanzando hasta que explotó el caos de la pandemia y el confinamiento. En ese momento se alejó del deporte.

Trató de volver. Sin embargo, se lesionó. Fascitis plantar fue el diagnóstico y estuvo un año parada. “Eso me frustró demasiado, dejé de entrenar, no sé por cuánto tiempo”, apunta.

La deportista afirma ser de esas personas que va donde haya trabajo. Hubo un tiempo en que fue empleada en el negocio de unos tíos. Después conoció a Javier, su actual pololo, y empezó a trabajar en el minimarket de la familia de él.

El atletismo parecía ya algo lejano, de otra vida. Solo una persona de ese mundo le hablaba. Era José Camps, a quien conoció en el grupo de entrenamiento que lideraba Erika Olivera.

“Él me conoce desde que tengo 11 o 12 años. Él siempre estuvo en contacto conmigo. Más allá de querer motivarme para volver al atletismo, me hablaba como amigo. ‘¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida? ¿Cómo están tus papás?’. Nunca me hostigó en el sentido de ‘Oye, te estás perdiendo’, ‘Oye, ¿por qué no estás entrenando?’. Fue la única persona que estuvo presente cuando yo ya era nada, nadie me hablaba de los conocidos que tenía, nadie me buscó. Llegó el momento en que me dijo ‘Oye, pégate la ascurrida, te estás perdiendo, ¿te gustaría volver a entrenar?'”, comenta.

“Después de la pandemia empecé con Ricardo Opazo, un entrenador muy serio, y con temores, porque había subido como diez kilos más o menos. Era irreconocible en ese entonces, yo digo ¡guau! cómo pude haber llegado a ese estado. De no estar haciendo nada tenía que volver al 100%, como algo profesional, hacer un cambio de chip rotundamente”, añade.

Fue un impacto muy grande en su vida, un reto extenuante que por momentos la hizo dudar. Comenzó a viajar nuevamente de Colina a Santiago, dejó la “comida chatarra”, el sedentarismo en que había caído.

Los resultados se fueron dando de a poco. En 2023 ganó el Maratón de Viña del Mar, este 2025 en Sevilla consiguió su mejor tiempo (2:34:37) y, además, fue cuarta en el maratón de Santiago, posicionándose como la mejor chilena de la icónica competición. Entremedio, falleció Ricardo Opazo, un golpe doloroso, y empezó a ser entrenada por su amigo José Camps, el que la instó a salir del retiro.

Los logros le permitieron obtener el cupo al Mundial de Tokio que se disputará en septiembre. Todo lo consiguió sin dejar de trabajar.

“En el minimarket entraba a trabajar a las diez de la mañana. Lo que hacía yo era salir temprano en la mañana a entrenar, levantarme a eso de las siete. Luego volvía, tomaba desayuno y empezaba a trabajar. Trabajaba todo el día y en la tarde pedía permiso. Me daban permiso de una hora u hora y media para poder salir a entrenar. Luego llegaba de entrenar, me duchaba y volvíamos a trabajar hasta las diez o las once de la noche“, narra.

A veces volvía muy fatigada y su pololo le decía que fuera a descansar un rato, que él se hacía cargo.

“Nico” no podía permitirse una renuncia. Tenía que juntar para comprar las zapatillas, ropa, los pasajes para ir al extranjero a correr.

“Las zapatillas de trote, cuando yo me inicié, me costaban 180 lucas. A mí me duraban dos meses o dos meses y medio. A todo reventar las hacía aguantar tres meses. Tenía que ir juntando las lucas. Si bien en el minimarket tenía un sueldo y todo, en un par de zapatillas me gastaba la mitad del sueldo y aparte tenía que comprarme las de competencias, que esas son mucho más caras. Otras cosas. La ropa, la locomoción, el pasaje es caro en el sector donde vivo. Era mucho gasto. Muchas veces con mi pololo usábamos la tarjeta de crédito, no había otra, el sueño era más grande“, asevera.

A la maratonista de 26 años le gusta tejer en los pocos ratos libres de los que dispone. Entrena con el equipo Cronos y cuando le comunicaron que estaba adentro del Mundial entendió que debía instalarse a vivir en Santiago y prepararse de la mejor manera.

Dejar Colina tuvo una implicancia importante. Ya no trabaja en el minimarket.

“Ha sido una aventura loca. Entreno tres veces al día. No estoy generando ningún ingreso. Yo trabajaba de lunes a lunes para poder juntar plata y tener ese ahorro para venirme para Santiago y también con los premios, como el de Maratón de Santiago, tuve un poco más de ingresos para poder costear todo lo que es prepararse”, menciona.

El trabajo por ahora es un problema del futuro. Está enfocada en el Mundial.

El viaje a Tokio lo costeará la Federación. En Japón quiere “dar un buen espectáculo”.

“Yo converso con mi papá, él es mi fiel compañero, y le digo que me ha costado tanto esto, pero aún así, sin tener nada, llegué a un Mundial. Eso es puro corazón, pura garra”, cierra.

Fuente: Emol

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