La microbiota intestinal corresponde a un ecosistema, compuesto por cerca de 100 billones de microorganismos simbiontes, es decir, que tienen una relación estrecha y persistente entre sí, en un entorno determinado del tracto gastrointestinal
Durante los últimos años, la investigación científica ha avanzado rápidamente en esta área. Algunos estudios incluso plantean que hasta un 90% de las patologías humanas podrían estar relacionadas, directa o indirectamente, con el estado del microbioma intestinal, lo que ha llevado a replantear el entendimiento de múltiples enfermedades.
Según explica Oriana Monsalve, académica de Nutrición y Dietética de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, la microbiota tiene un impacto mucho más profundo del que tradicionalmente se creía. “El microbioma intestinal no solo cumple funciones asociadas al metabolismo, la protección y la estructura, sino que actúa como un nodo crítico en el eje microbiota–intestino–cerebro”, señala.
Este eje corresponde a una red de comunicación bidireccional entre el tracto gastrointestinal y el sistema nervioso central. A través de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, hormonas como el cortisol y metabolitos bacterianos como el butirato, se pueden afectar aspectos tan importantes como la respuesta al estrés y diversas funciones cognitivas, además de influir recíprocamente en la función motora y secretora del tracto digestivo.
Calor extremo y disbiosis: un riesgo creciente
Uno de los factores ambientales que puede alterar este delicado equilibrio es el aumento de las temperaturas, fenómeno cada vez más frecuente en temporadas de calor extremo.
De acuerdo con la nutricionista, “existe evidencia asociada al posible estrés térmico y a la disrupción de la barrera epitelial producto del aumento de la temperatura corporal en épocas de calor extremo”.
Este estrés térmico podría estar relacionado con el aumento de la permeabilidad intestinal, facilitando la translocación o cruce de sustancias nocivas (toxinas) a través de esta barrera y desencadenar alteraciones del microbioma. A ello se suman los cambios estacionales propios de la dieta en épocas de alta temperatura. “La modulación de la microbiota puede verse alterada por los cambios en la dieta, producto de la variación en la ingesta de distintos nutrientes”, precisa la académica UNAB.
Estas modificaciones pueden contribuir a la disbiosis intestinal, es decir, un desequilibrio de la microbiota, asociado a posibles trastornos del neurodesarrollo, y alteraciones en la respuesta al estrés.
Frente a este escenario, la restauración del equilibrio intestinal se vuelve una estrategia fundamental. “El consumo de probióticos y una nutrición balanceada permiten generar estrategias prometedoras que favorecen la mantención de la homeostasis sistémica e impiden el posible crecimiento de patógenos oportunistas frente a bacterias beneficiosas del ecosistema intestinal”, sostiene Monsalve.
Recomendaciones
Algunas recomendaciones, dice la nutricionista, que se pueden considerar en la alimentación, para fortalecer la microbiota – especialmente en periodos de altas temperaturas, favoreciendo la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC) como acetato, propionato y butirato- son las siguientes:
1. Consumir Prebióticos altamente fermentables: Fructanos (como la inulina y los fructooligosacáridos): presentes en alcachofas, raíz de achicoria, cebolla, ajo, puerros y espárragos.
Galactooligosacáridos (GOS): presentes en legumbres, frutos secos y de forma natural en la leche materna.
2. Consumo de Pectina: Fibra soluble presente en frutas y verduras como: manzana, cítricos (principalmente considerando la parte blanca o albedo), membrillo, zanahorias.
3. Betaglucanos: Polisacáridos fermentables que no solo “alimentan” bacterias beneficiosas, sino que también: “actúan como mediadores esenciales en el eje intestino–cerebro”.
Finalmente, Monsalve enfatiza que es importante la mantención de la hidratación, particularmente en días de alta temperatura. “El tracto gastrointestinal requiere hidratación constante para mantener la integridad del epitelio y prevenir la disbiosis intestinal”. Asimismo, afirma que el agua “actúa como un verdadero escudo protector”, permitiendo que la microbiota cumpla adecuadamente sus funciones fisiológicas.
FUENTE UNAB




