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Pareja de reo imputado por canibalismo: “Decía que escuchaba voces y que un hombre de negro lo miraba”

Nuevos antecedentes surgieron del brutal caso de homicidio y canibalismo ocurrido en la cárcel de La Serena el domingo pasado, el cual remeció a todo el país y reabrió la aguda crisis que hoy vive el sistema carcelario nacional y su institución supervisora: Gendarmería.

El recluso, identificado como Manuel Fuentes (21), actualmente se encuentra bajo custodia en Santiago, con extremas medidas de seguridad para resguardar su integridad y la de otros.

En ese contexto, nuestro medio asociado Diario El Día se contactó con Ashly San Martín (23), pareja del imputado, quien afirmó que, desde temprana edad, él comenzó a presentar problemas de salud mental, o lo que ella considera brotes psicóticos.

En la entrevista, la joven relató distintos episodios que la llevaron a buscar ayuda para su pareja sin obtener resultados positivos. Lo que se alinea con la postura del abogado que lleva su caso, Cristóbal Zúñiga, quien sostuvo que la situación de Fuentes “responde a un abandono del sistema, a una deshumanización a través de la violencia”.

Revisa la entrevista a Ashly San Martín a continuación:

—¿Cómo era Manuel cuando lo conociste?

Cuando yo lo conocí, él era más chico que yo, y nos conocimos porque jugábamos a la pelota. A mí no me gustaba todavía, pero él me venía a ver a la casa. Me hacía reír, era tierno conmigo. Él me mintió eso sí, porque me dijo que no tenía papás, entonces se quedaba conmigo. Mi mamá lo conoció y lo quería mucho, pero era porque él se arrancaba de su casa. Sus papás lo cuidaban mucho, pero él quería salir. Era inteligente, en el colegio le iba bien, tenía buenas notas, pero los profesores decían que él se aislaba, que siempre estaba solo y se alejaba de los compañeros.

—¿Cómo fue que empezó a tomar medicamentos?

Cuando él tenía 12 años cometió un error. Él siempre se juntó con personas más grandes y lo usaban para hacer cosas malas porque él era chico. Él andaba con un niño de 21 años y atropellaron a alguien. Ahí le quitaron la custodia a los papás y después de eso lo mandaron al psiquiatra porque se arrancaba. Lo dejaron internado por un año, con medicamentos, pero a la familia nunca le dieron un diagnóstico ni le dijeron qué le pasaba.

—¿Por qué dejó los medicamentos?

Él estuvo un año internado y yo me vine a vivir a Viña, y cuando salió volvimos a hablar. La mamá vino con él a mi casa. Yo lo vi súper mal. Estaba demasiado dopado, se le caía la baba, tenía movimientos lentos, no era él. En ese momento tomaba cuatro pastillas al día. A mí me dio mucha pena. Mi mamá le dijo a su mamá, ‘por qué no lo dejaba con nosotros un tiempo’, para que estuviera en otro ambiente. Al final se quedó con nosotros un año. Mi mamá lo inscribió en el colegio y estábamos bien, le estaba yendo bien. Así que le bajaron a dos pastillas por día y ya después, cuando le dieron el alta, se las quitaron. Pero de nuevo empezó con problemas.

—¿Qué tipo de problemas?

Después de eso yo me fui a vivir con él, y como llevábamos tanto tiempo juntos decidimos tener un hijo. Teníamos nuestra casita y vivíamos bien. Pero él empezó de nuevo a arrancarse. Yo me dormía y él se iba. Yo tenía que ir a buscarlo porque yo siempre me preocupaba por él, pero ya no quería ir al psicólogo ni nada. No quería terapia y yo le preguntaba qué le pasaba, cómo podía ayudarlo. Pero era así: un día bien, otro día mal. Nunca me trató mal eso sí. Siempre fue el hombre de la casa y se preocupaba de que no nos faltara nada con mi hijo. Pero tenía eso, que se arrancaba, se perdía. Una vez, me acuerdo, que lo pillé hablando solo y decía ‘córtala, sale de ahí, si yo no lo voy a hacer’. Pero cuando le pregunté me dijo que no le pasaba nada.

—¿Qué sucedió cuando quedó detenido?

Ignacio cayó preso en 2018 por robo con intimidación, pero yo igual estaba ahí con él. Lo íbamos a ver, pero era difícil porque nosotros vivimos en Santiago y él estaba allá. Entonces había que pagar pasaje, Uber, estadía y solamente podíamos ir una vez al mes. Pero cuando hablábamos él me decía que no quería estar ahí, que quería que lo cambiaran, que estaba ‘chato’ porque sentía que se estaba volviendo loco. Después empezó a tener muy mala conducta y ya no nos dejaban verlo, pero nos llamábamos y él me decía que prefería estar castigado porque así estaba solo, porque estaba cansado de tener que pelear. Me decía que si no se defendía le pegaban o le quitaban sus cosas. Pero Ignacio no quería pelear, me decía que le daba miedo porque él quería salir de la cárcel. No quería que le dieran más años por tener problemas adentro.

—¿En qué momento te diste cuenta de que estaba mal?

Cuando él ya no hablaba igual conmigo. Estaba raro y me seguía diciendo que se estaba volviendo loco, que tenía que salir de ahí porque estaba mal. Me decía que escuchaba voces y que un hombre de negro siempre lo miraba y lo molestaba. Ahí yo ya empecé a preocuparme mucho porque tiene antecedentes de esquizofrenia en la familia. Además, ya había estado internado y había tomado medicamentos, entonces yo empecé a buscar cómo ayudarlo.

—¿Cómo pediste ayuda?

Empecé a preguntar quién me podía ayudar para que lo viera un psicólogo o un psiquiatra, a quién podía pedirle que lo fueran a ver. Me mandaron con una asistente social, pero no estaba nunca. Pero cuando pude hablar con ella yo le pedí ayuda, que por favor lo fueran a ver, que lo viera un psiquiatra porque él había estado internado antes y que estaba mal, que si no lo evaluaban era difícil que tuviera buena conducta porque algo le pasaba. Al final la asistente me dijo que lo vería y quedó de llamarme, pero eso nunca pasó. Cuando volví a ir la asistente ya no trabajaba ahí. Me mandaban de un lado para otro, pero nadie me ayudaba. Nunca pude hablar con nadie que pudiera ayudarme y se supone que lo iban a trasladar a Viña o a Rancagua para que estuviera más cerca, pero eso tampoco pasó. Ya después se puso peor. El 4 de febrero, cuando hablamos, me contó que se había apuñalado el ojo y le preguntaba ‘por qué’, y me decía que estaba cansado, que se estaba volviendo loco.

—¿Cómo te enteraste de lo sucedido en la cárcel de La Serena?

Yo me enteré porque me llamó una amiga que tiene a su esposo adentro y él le pidió que nos avisara. Ahí yo supe, como a las 7 de la tarde del otro día, y fui donde su mamá y ella viajó en la noche para allá. Como nadie nos decía nada, cuando la mamá llegó, le dijeron que lo habían traído a Santiago y tuvo que viajar de vuelta. Ya cuando pudo ir a la cárcel donde está le dijeron que estaba medicado, pero no sabemos qué le están dando ni nada en realidad. A nosotros nunca nos llamaron por nada, nunca nos avisaron nada de lo que pasaba con él, solo que no tenía buena conducta.

—¿Qué te gustaría que pasara ahora?

Yo sé que no se puede ignorar lo que pasó, pero necesito que lo ayuden. Yo siento que él siempre tuvo esta especie de brote psicótico. Por eso se arrancaba, por eso hacía cosas raras, hablaba solo. Yo creo que eso fue lo que le pasó ahora, pero nunca le dieron un diagnóstico, y desde que yo empecé a pedir ayuda, nunca nadie lo vio, nadie nos ayudó y ahora el 19 lo van a procesar de nuevo. Pero yo todavía no sé si lo está viendo un psiquiatra o si le han hecho exámenes o algo.

—¿Cómo te sientes tú con todo esto?

Estoy cansada. Lloro todos los días para pedirle a Dios que me de fuerzas, que me ayude en este momento para poder ayudarlo a él. Por un momento pensé en alejarme, en dejarlo todo y preocuparme solo de mi hijo y de mí, pero no puedo. Yo sé lo que ha vivido y no puedo dejarlo solo, porque yo sé que él necesita ayuda. Cuando supe esto, yo no podía hablar, no quería comer, me costó harto, pero aquí estoy.

Al momento de finalizar la conversación, Ashly reconoció que su principal temor es que su pareja pueda atentar contra su vida si es que no recibe una pronta ayuda psiquiátrica.

FUENTE: BIOBIO CHILE

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