Con el escenario de postulaciones ya decantado y las primeras decisiones tomadas —o postergadas—, muchas familias y estudiantes siguen procesando lo que dejó el proceso de admisión a la educación superior. Pasada la vorágine inicial, aparecen nuevas preguntas, balances más sinceros y, en algunos casos, la inquietud de si se eligió bien o si aún queda margen para corregir el rumbo.
Este período concentra una alta carga emocional y, justamente por eso, es terreno fértil para decisiones impulsivas. Cuando el plan original no resulta, surge la urgencia por “asegurar algo”: matricularse sin convicción, improvisar una ruta o asumir que no hay alternativas. Sin embargo, una trayectoria educativa sólida rara vez se construye en un solo movimiento; más bien, se ordena por etapas, con estrategia y perspectiva.
Incluso cuando los resultados fueron favorables, el proceso no debería darse por cerrado demasiado rápido. Elegir con calma, revisar mallas, modalidades de estudio y compatibilidad con la vida personal es parte de una decisión responsable. Un buen resultado no reemplaza la planificación; al contrario, permite proyectar con mayor claridad y reducir el estrés que suele aparecer durante el primer año.
Cuando los resultados no acompañaron, el impacto emocional puede ser mayor. Frustración, vergüenza o sensación de fracaso personal se instalan rápido en un sistema que tiende a medir el éxito solo en puntajes. Pero un resultado adverso no define a una persona ni su futuro. Comprender el punto de partida y construir una estrategia posible ayuda a bajar la ansiedad y recuperar la sensación de control.
Avanzar con estrategia no significa endurecerse ni exigirse sin límite. Significa sostener el rumbo con apoyo, información y contención, entendiendo que el camino educativo no es lineal y que siempre es posible reordenarlo con perspectiva.
Por Carolina Rojas, Directora académica CPECH




